Aquel viaje de autobús que hice fue una despedida en toda regla. La lluvia rasgaba los cristales de las ventanas y aunque no me mojaban, los recuerdos habían calado hasta en el último poro de mi piel.
La noche era tan cerrada que no se distinguía lo que era asfalto y lo que era cielo. Qué paradoja. La opacidad daba paso a lo incierto, a lo desconocido y, quizás también de alguna forma confusa, a la vida.
Los demás viajeros estaban ajenos al duelo, al desgarro de esa pausa que ya acumulaba horas y que no paraba de darse de bruces con el aquí y el ahora. Todos éramos pasajeros de lo efímero.
Después hice otro viaje, mucho más institucional e incluso hipócrita por definición, pero yo ya me había despedido de ti, y sin saberlo incluso también de mí, en ese autobús.
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