Era la primera vez que la tristeza se posaba de esa manera. Lejos de intentar entender, de intentar pensar porqué, los fantasmas se instalaban para recordarme que nunca se habían ido. Que siempre estuvieron entre las sombras, como aves carroñeras, esperando a morder ante las debilidades cuando más daño pueden hacer. Hace años en esos momentos el estómago se encogía de rabia, se revolvía en plena ebullición, ahora se enfría hasta dudar de su existencia, perpleja del daño gratuito. Nunca había tenido a esas aves carroñeras tan cerca y durante tanto tiempo. Nunca había tenido que aguantar sus zarpazos con poses inalterables de esa manera, ajena a las verbalizaciones que reverberaban una y otra vez en mi cabeza, como segundas voces de los ecos en una cueva. Qué estúpido fingir no tener corazón para intentar que la herida no cale tan profundo, evitando que su desnudez sea un nuevo dardo directo al fondo del alma.
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