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19 de abril de 2011

Recuerdos de un viaje

Caminando de noche por las empedradas calles de un "pueblo" al que acababa de ponerle nombre. Nunca me han gustado los pueblos. Nací y me crié en una bulliciosa ciudad del centro, en la que los pitidos de los coches y las prisas estaban a la orden del día. Pero este lugar es diferente a cualquier otro pueblucho que haya visitado en alguna de mis escapadas. Inhalo el rocío que cubre la hierba por la que mis pies se posan tranquilamente. Huelo el río que baña la ciudad dormida. Oigo el cantar de la naturaleza viva. Sin coches que molesten con su motor ni contaminen con su tubo de escape.

Nunca había asistido a tal espectáculo astral. No pensé que la noche pudiera pintarse de brillo y de luz. Nunca creí que detrás de la nocturnidad y el misterio se encontrara tanta belleza reunida. Sólo podría resumirlo con una palabra: mágico.
Mágico fue desde que puse los pies en aquella estación. Cochambrosa seguramente para cualquier pasajero que la visitara sin más. Dos viejas vías para caminos opuestos y dos pequeños andenes que no me dio tiempo a ver si se comunicaban entre sí. Para mí, aquella estación era especial.

Bajé del tren con un pie tambaleándome y con el otro aún en el interior, respiré hondo y con seguridad terminé de poner mis pies en tierra.
Cuando llegué a tu calle reconocí el gran cartel y desubicada, me indicaron con exactitud dónde vivías. Subí las escaleras teniendo la impresión de que se fundían a mi paso. Con el pulso rozando los límites de lo humano, entré con las llaves sin que te enteraras. Me d e s l i c é  por el pasillo con sigilo, observando cada detalle. Y allí te encontré y tu sonrisa me confirmo que había valido la pena el viaje.
Desde esa noche no he vuelto a ver
estrellas 
gigantes.

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Sueña y serás libre en espíritu,
lucha y serás libre en vida.
(Ernesto Che Guevara)