La lucha es ridícula cuando no tienes contra quién enfrentarte, pero cuando sí que tienes con quién, lo es todavía más.
Díme, ¿qué hago? Si esta mañana volviste al pasado y entre llantos controlados y lágrimas secas murmuraste aquel relato infernal. No lo repetiré. Quiero dejar cicatrizar de una vez por todas, el miedo que experimentaste. Has guardado silencio. Has pasado tu luto con un brazalete pegado en tu brazo izquierdo, al lado de lo que llaman corazón. De lo que queda de él. Por eso eres así. Y no te cansas de decirlo. Sintiéndote culpable de tu pena. De tu fracaso. De tu vida.
Esa chica soy yo…
Y callada, ante este océano muerto y acompañada del recuerdo, es como mejor se entienden las cosas. Porque, ¿para qué luchar?

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