Sonó el teléfono. Estaba sola y en la casa vacía retumbaba una vieja y conocida melodía. Me senté en el suelo, mirando fijamente al aparato para que dejara de sonar, no quería escucharte. Sabía que eras tú.
En esos segundos me colé por el cable y viajé hasta toparme con tu oreja derecha, que esperaba impaciente una respuesta. Volví por el mismo camino y me encontré con mi cuerpo impertérrito.
El teléfono fue lo único que con su interminable sonido, resquebrajó las paredes y las minó exactamente igual que a mí.
En esos segundos me colé por el cable y viajé hasta toparme con tu oreja derecha, que esperaba impaciente una respuesta. Volví por el mismo camino y me encontré con mi cuerpo impertérrito.
El teléfono fue lo único que con su interminable sonido, resquebrajó las paredes y las minó exactamente igual que a mí.
Aún no se entiende...pero me resulta imposible cogerlo y más todavía marcar los números que me sé de memoria y que aguardan el momento propicio para que les devuelvan la voz.
Lo siento.
Lo siento.

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