Ha pasado mucho tiempo, pero lo recuerdo como si fuera ayer y aun vivo los momentos de confusión y pánico. Seis años de la terrible tragedia.En la mañana del 11 de marzo, explotaron diez bombas en varios trenes madrileños. Tres bombas más estaban preparadas para seguir cambiando por completo la vida de miles de personas. Por fortuna, fueron desactivadas a tiempo. Cuando escuché la noticia a las dos de la tarde me derrumbé de inmediato ya que mi padre cogía el tren diariamente. Además justo ese día entraba un poco después a trabajar. A las siete y media estaba en Atocha. Con la mayor rapidez, cogí el teléfono y le llamé, pero no me lo cogía. Insistí. Durante esos minutos me temí lo peor. Decidí llamar a mi madre con la esperanza de hallar todas las respuestas. Ella tampoco sabía nada. Finalmente después de cinco o seis intentos conseguí contactar con él. Estaba bien. Había llegado al trabajo antes de tiempo. Su puntualidad siempre rozaba los límites de mi desesperación, pero esa puntualidad le había salvado aquel día de pasar por esos angustiosos momentos. Nunca olvidaré ese día. Todos los españoles inmovilizados por tal desgracia. El mayor atentado de la historia en nuestro país. Cientos de personas que iban a trabajar, a la universidad... No todos corrieron la misma suerte que mi padre. Dos años más tarde del atentado, encontré por casualidad una revista que no dudé en cotillear. Siempre he sido muy curiosa. Dentro de ella se explicaba todo lo relativo al atentado y venían unas seis páginas con las fotos de algunas personas que perdieron allí la vida. Me sentía tan unida a todo lo que había ocurrido que no pude evitarlo. Me sorprendió encontrar a un señor al que había visto muchas veces. También ponían de donde eran y aquel señor, vivía en mi misma ciudad. Personas anónimas, niños, señores, señoras, adolescentes... No pude seguir viéndola y la dejé en el mismo lugar que donde la encontré. Todo fue una crueldad, una injusticia. Aquellos asesinos debían pagar por todo lo que había provocado. Aun a veces me invade el miedo cuando subo a un tren y cuando paso por el lugar donde ocurrió el desastre. Otras veces, el silencio irrumpe los vagones. Mirándonos unos a los otros, incluso a veces desconfiando cuando suena un móvil. Ya nunca será lo mismo.
11 de marzo de 2010
11-M
Ha pasado mucho tiempo, pero lo recuerdo como si fuera ayer y aun vivo los momentos de confusión y pánico. Seis años de la terrible tragedia.En la mañana del 11 de marzo, explotaron diez bombas en varios trenes madrileños. Tres bombas más estaban preparadas para seguir cambiando por completo la vida de miles de personas. Por fortuna, fueron desactivadas a tiempo. Cuando escuché la noticia a las dos de la tarde me derrumbé de inmediato ya que mi padre cogía el tren diariamente. Además justo ese día entraba un poco después a trabajar. A las siete y media estaba en Atocha. Con la mayor rapidez, cogí el teléfono y le llamé, pero no me lo cogía. Insistí. Durante esos minutos me temí lo peor. Decidí llamar a mi madre con la esperanza de hallar todas las respuestas. Ella tampoco sabía nada. Finalmente después de cinco o seis intentos conseguí contactar con él. Estaba bien. Había llegado al trabajo antes de tiempo. Su puntualidad siempre rozaba los límites de mi desesperación, pero esa puntualidad le había salvado aquel día de pasar por esos angustiosos momentos. Nunca olvidaré ese día. Todos los españoles inmovilizados por tal desgracia. El mayor atentado de la historia en nuestro país. Cientos de personas que iban a trabajar, a la universidad... No todos corrieron la misma suerte que mi padre. Dos años más tarde del atentado, encontré por casualidad una revista que no dudé en cotillear. Siempre he sido muy curiosa. Dentro de ella se explicaba todo lo relativo al atentado y venían unas seis páginas con las fotos de algunas personas que perdieron allí la vida. Me sentía tan unida a todo lo que había ocurrido que no pude evitarlo. Me sorprendió encontrar a un señor al que había visto muchas veces. También ponían de donde eran y aquel señor, vivía en mi misma ciudad. Personas anónimas, niños, señores, señoras, adolescentes... No pude seguir viéndola y la dejé en el mismo lugar que donde la encontré. Todo fue una crueldad, una injusticia. Aquellos asesinos debían pagar por todo lo que había provocado. Aun a veces me invade el miedo cuando subo a un tren y cuando paso por el lugar donde ocurrió el desastre. Otras veces, el silencio irrumpe los vagones. Mirándonos unos a los otros, incluso a veces desconfiando cuando suena un móvil. Ya nunca será lo mismo.
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Sueña y serás libre en espíritu,
lucha y serás libre en vida.
(Ernesto Che Guevara)
2 comentarios:
emotivas tus palabras
Gracias :)
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